El peso colombiano llega a esta semana con una imagen llamativa: un dólar más bajo, una TRM cerca de mínimos recientes y un Gobierno que intenta presentar la revaluación como alivio. Pero detrás de esa foto hay una advertencia incómoda. Si la moneda se fortalece porque las tasas están altas, mientras la inflación sigue lejos de la meta y las cuentas públicas no despejan dudas, el mercado no está comprando confianza estructural. Está cobrando una prima por esperar.
En los últimos días el dólar volvió a bajar en Colombia y la TRM del 21 de abril quedó en $3.573,30, según registros de mercado publicados tras la jornada del lunes. Ese dato favorece titulares optimistas, pero no borra tres tensiones: inflación anual de 5,56% en marzo, una tasa de política en 11,25% y un frente fiscal que sigue sin una señal contundente de ajuste.
La tesis central es sencilla: el dólar barato no debe confundirse con un certificado de buena gestión. Para hogares y empresas que compran divisas, una TRM más baja es una oportunidad concreta. Reduce el costo de importaciones, viajes, pagos internacionales y algunas obligaciones en moneda extranjera. Pero para el país, el precio del dólar es apenas una parte del tablero.
El Gobierno tiene razón en que una moneda fuerte abarata ciertos costos. Se equivoca si pretende vender esa fortaleza como consecuencia directa de su política económica mientras cuestiona a la institución que mantiene la tasa alta para contener inflación. Esa contradicción no es menor. En mercados, las contradicciones oficiales se pagan con volatilidad.
Por eso el peso puede seguir firme en el corto plazo y, al mismo tiempo, estar expuesto a un giro brusco. Si el frente fiscal no mejora, si el choque con el Banco de la República se agrava o si la inflación obliga a mantener tasas elevadas por más tiempo, el dólar encontrará argumentos para rebotar. La calma actual es útil, pero no es blindaje. Colombia necesita menos celebración coyuntural y más disciplina creíble.