Colombia cerró la última semana con una mezcla menos cómoda de lo que sugiere el titular fácil. El desempleo bajó a 8,8% en marzo, el Banco de la República decidió mantener la tasa en 11,25% y el Ministerio de Hacienda abrió a comentarios un plan de austeridad para 2026, mientras el CARF insiste en la urgencia de un ajuste estructural. Traducido al mercado cambiario: hay algo de resistencia en la economía real, pero no la suficiente para borrar la inquietud fiscal que sigue empujando cobertura en dólares.
Los datos recientes no describen una economía colapsada. Describen algo más incómodo: un país que todavía muestra tracción en empleo, pero que al mismo tiempo necesita demostrar orden fiscal para que el peso no quede a merced del escepticismo.
Conviene decirlo sin adornos: el dato de empleo es una buena noticia, pero no autoriza triunfalismos. Un Gobierno puede celebrar que la desocupación ceda y, al mismo tiempo, seguir atrapado en una conversación áspera sobre deuda, gasto y credibilidad. Son planos distintos. El primero ayuda. El segundo define la tasa de descuento con la que el mercado mira al país.
La pausa de BanRep también merece una lectura menos ingenua. Que la tasa se mantenga en 11,25% evita tensar más el crédito y descomprime el pulso político con el Ejecutivo. Pero si esa distensión no viene acompañada de un programa fiscal más convincente, el alivio monetario corre el riesgo de ser interpretado como pausa táctica, no como punto de inflexión.
La tesis para el peso es clara: mientras Colombia exhiba mejores datos reales, pero siga dejando la consolidación fiscal para después, el dólar/COP conservará piso y la demanda de cobertura no va a desaparecer. El mercado puede tolerar ruido político por un tiempo. Lo que no tolera durante mucho es un ajuste necesario que siempre se promete para mañana.