En apenas unos días, el Gobierno colombiano ha dejado una secuencia difícil de ignorar: presión fiscal, mensajes contradictorios, volantazos en política comercial y movimientos que alimentan nerviosismo en el mercado. El problema ya no es solo económico. Es de credibilidad. Y cuando la credibilidad se deteriora, el dólar siempre encuentra una excusa para subir.
Lo ocurrido en los últimos 3 o 4 días no parece una cadena de hechos aislados. Parece algo peor: un Gobierno reaccionando sobre la marcha, sin una línea económica clara y enviando señales que el mercado castiga de inmediato.
Lo más delicado no es un titular aislado, sino el patrón que se está formando. Un día el foco está en el hueco fiscal. Al siguiente, en la necesidad de nuevos ingresos. Después, en compras oficiales de dólares. Y entre medio, giros en política comercial que hacen ver al Ejecutivo más reactivo que estratégico.
El Gobierno puede intentar presentar cada episodio como una corrección razonable o una medida técnica. Pero el mercado no evalúa comunicados por separado. Evalúa la película completa. Y la película reciente deja una sensación incómoda: la de una administración que va parcheando problemas mientras el margen de confianza se reduce.
Para Colombia, eso importa muchísimo. Porque el dólar no sube solo por crisis abiertas. También sube cuando la confianza se erosiona lentamente, cuando el manejo económico pierde consistencia y cuando la señal desde el poder parece más política que técnica. Ese desgaste, aunque no siempre explote en un solo día, termina reflejándose en la tasa de cambio.