El peso colombiano arrancó la semana otra vez a la defensiva. No por un solo sobresalto, sino por una combinación incómoda: inflación que volvió a acelerarse, medidas básicas que siguen pegadas arriba y un Gobierno que todavía sale a demandar dólares para cumplir sus obligaciones financieras. Cuando el mercado ve esa mezcla, no compra tranquilidad: compra cobertura.
Entre el dato de precios de abril, la lectura más dura de la inflación subyacente y la demanda oficial de divisas, el mensaje de estos días es claro: al peso le cuesta encontrar apoyo justo cuando el mercado vuelve a exigir disciplina y no relatos.
Lo que dejan estos días no es la imagen de una economía desordenada al borde del colapso. Es algo más sutil y, por eso mismo, más delicado: una economía en la que varias piezas se mueven al tiempo en la dirección equivocada para la moneda. La inflación no da tregua suficiente, el banco central no puede cantar victoria y el fisco todavía aparece como un demandante fuerte de dólares.
En ese contexto, el discurso político de que basta con presionar a BanRep para abaratar el crédito se queda corto. El mercado no le teme a la ortodoxia por capricho; le teme a perder anclas. Si la inflación básica sigue resistente y el manejo fiscal obliga a seguir buscando divisas y refinanciación con creatividad creciente, lo responsable no es pedir más ligereza monetaria, sino más credibilidad.
La tesis para el dólar en Colombia hoy es directa: mientras persistan precios duros, compras oficiales de divisas y dudas sobre el costo real del financiamiento público, el peso seguirá operando sin mucho piso político ni monetario. No hace falta una crisis abierta para ver un dólar más firme. Basta con que la confianza llegue tarde otra vez.