El dólar sigue cerca de niveles bajos frente al peso, pero la calma cambiaria tiene una grieta evidente: el Gobierno insiste en convertir la política monetaria en una pelea política. La amenaza de volver a subir el salario mínimo si el Banco de la República mantiene una postura dura no es una señal menor. Es una invitación a más inflación, más ruido institucional y más dudas sobre cuánto tiempo puede sostenerse la fortaleza reciente del peso.
En los últimos días, la tensión entre la Casa de Nariño y el Emisor volvió al centro del mercado. El Banco de la República llega a su reunión del 30 de abril con una tasa de intervención de 11,25%, una inflación anual de 5,56% en marzo según el DANE y una presión política cada vez más abierta desde el Ejecutivo.
La tesis de fondo es sencilla: Colombia no puede pedir un peso estable mientras ataca las instituciones que sostienen esa estabilidad. El Banco de la República no sube tasas por gusto ni por capricho. Lo hace porque la inflación anual sigue lejos del 3% y porque los aumentos de precios no se corrigen con discursos, sino con señales creíbles.
El Gobierno tiene derecho a preocuparse por el empleo y el crecimiento. Pero una cosa es debatir la velocidad del ajuste monetario y otra muy distinta es amenazar con una nueva ronda salarial como respuesta a la autoridad monetaria. Esa lógica puede sonar popular en una alocución, pero en el mercado se lee como presión inflacionaria adicional.
Para quienes compran o venden dólares en Colombia, el punto práctico es claro: el dólar barato no debe confundirse con riesgo bajo. Si la política económica transmite que cada decisión técnica será respondida con una medida de choque, el peso queda expuesto a un cambio de humor. Y cuando el humor cambia, la demanda por dólares suele aparecer antes de que el Gobierno admita el problema.