Colombia acaba de demostrar que todavía consigue compradores para su deuda. El problema es el precio. Entre la subasta récord de TES del 13 de mayo, el discurso oficial sobre nuevas monedas para financiarse y un mercado que sigue viendo inflación alta y ruido electoral, el peso no quedó protegido: quedó más expuesto a que cualquier sobresalto vuelva a empujar al dólar.
En los últimos tres días se cruzaron señales difíciles de ignorar. El Ministerio de Hacienda colocó $6 billones en TES, la mayor subasta semanal registrada, pero pagando rendimientos entre 13,94% y 14,79%. Al mismo tiempo, Crédito Público defendió la idea de diversificar deuda hacia monedas asiáticas, mientras el debate monetario siguió endureciéndose por la inflación y por la advertencia de que en 2026 no se llegaría a la meta del 3%.
El punto de fondo es incómodo para el Gobierno: todavía consigue plata, pero la consigue cara. Y cuando el costo de financiamiento sube al mismo tiempo que el discurso oficial intenta convencer al mercado de que todo está bajo control, la desconfianza no baja; se reorganiza. Hoy ya no toma la forma de un cierre total del mercado, sino de tasas altas, mayor sensibilidad del dólar y menor beneficio de la duda.
Tampoco ayuda que la discusión económica siga mezclando argumentos técnicos con pulsos políticos. Si la inflación sigue lejos de la meta y el propio debate sobre BanRep se contamina con mensajes de corto plazo, el resultado previsible es uno solo: inversionistas más cautelosos, coberturas más caras y una tasa de cambio más nerviosa frente a cada titular.
La tesis para el peso es clara. Colombia todavía no está en una crisis abierta, pero tampoco puede vender tranquilidad mientras paga primas tan altas por financiarse. En ese entorno, cualquier mejora puntual del peso luce frágil. El dólar no necesita una catástrofe para sostenerse arriba; le basta con un país que aún no convence de cómo va a ordenar sus cuentas y su narrativa económica al mismo tiempo.