Entre el 23 y el 25 de junio, Colombia acumuló tres señales que el mercado cambiario no debería minimizar: Minhacienda salió por COP 5,9 billones entre TES y TCO, el CARF elevó el faltante para cumplir la meta fiscal de 2026 a COP 39,6 billones y el Banco de la República entró en periodo de silencio antes de su decisión del 30 de junio. La política puede cambiar de tono, pero la aritmética que rodea al peso sigue siendo la misma.
El alivio reciente del dólar en Colombia puede lucir cómodo en pantalla, pero el telón de fondo continúa exigente. Lo que apareció en apenas tres días no apunta a una economía que ya despejó sus dudas, sino a un mercado que todavía exige premio para convivir con la incertidumbre fiscal, monetaria y política.
El punto central es incómodo para el discurso oficial de cualquier bando: el peso no necesita únicamente menos ruido político, necesita una historia fiscal mejor armada. En los últimos días, los datos y anuncios no ofrecieron esa historia. Lo que mostraron fue un Estado que sigue financiándose de forma intensiva, un comité fiscal que ve un faltante más grande y un banco central que llega a su próxima reunión sin poder orientar verbalmente al mercado.
Por eso conviene desconfiar de la lectura fácil según la cual la moneda colombiana ya habría dejado atrás su fase delicada. Si BanRep mantiene una línea dura o al menos prudente el 30 de junio, el peso puede conservar algo de apoyo. Pero si la decisión no viene acompañada de una señal más convincente sobre el frente fiscal, la mejora cambiaria seguirá dependiendo de factores prestados: el humor global, el flujo táctico y la paciencia del mercado.
La tesis para los próximos días es directa: Colombia no está frente a una crisis abierta del peso, pero tampoco frente a una normalización auténtica. Mientras la deuda vuelva al centro de la conversación y el ajuste siga luciendo incompleto, cada caída del dólar puede sentirse agradable en la calle, aunque todavía no merezca llamarse confianza recuperada.