En menos de 72 horas se acumularon señales que el mercado cambiario no suele perdonar: más presión sobre la financiación del Estado, analistas que vuelven a subir sus expectativas de tasas e inflación y un dólar que, aun cuando retrocede un día, sigue encontrando soporte en una economía con poco margen fiscal. El problema para el peso colombiano no es un sobresalto aislado. Es que la fragilidad dejó de ser una hipótesis y volvió a sentirse en el costo del dinero.
La conversación de estos días no gira alrededor de un único dato. Lo que inquieta es la combinación: deuda pública más costosa, expectativas de política monetaria más duras y un crecimiento que no alcanza para compensar el desgaste de la confianza.
El punto de fondo es incómodo para el discurso oficial, pero bastante claro para los mercados: no basta con culpar a la especulación, a la banca o al contexto global cuando el propio Estado está pagando más por endeudarse y cuando la expectativa de inflación vuelve a subir. Si la política fiscal transmite desorden, la política monetaria termina atrapada en modo defensivo y el peso pierde respaldo.
También hay un costo político que suele subestimarse. Un gobierno de izquierda puede insistir en que su prioridad es proteger el gasto social o forzar un nuevo modelo económico, pero cuando la ejecución deriva en más prima de riesgo, más tasa y menos inversión privada, el resultado no es justicia económica: es financiamiento más caro para todo el país. El mercado no castiga etiquetas ideológicas por sí mismas; castiga la combinación de improvisación, caja apretada y señales contradictorias.
Por eso la tesis para el dólar en Colombia sigue siendo defensiva. Puede haber jornadas de corrección, sí. Pero mientras continúe el deterioro fiscal, el Banco de la República tenga que sostener una línea dura y el capital privado compita con un Estado cada vez más hambriento de recursos, el peso seguirá operando sin colchón. Y una moneda sin colchón rara vez resiste bien cuando vuelve la aversión al riesgo.