El Gobierno insiste en que su estrategia de deuda ha fortalecido a Colombia. El mercado, en cambio, está mirando otra cosa: más TES en circulación, rendimientos rozando niveles de estrés y un dólar que sigue reaccionando con facilidad a la política y al ruido externo. Cuando el discurso oficial promete control, pero la tasa que exige el mercado cuenta una historia más dura, el peso queda bajo examen.
Entre el 25 y el 26 de mayo reapareció una tensión conocida: Hacienda defendió su manejo de la deuda, pero analistas y medios financieros volvieron a registrar emisiones récord, tasas cercanas al 15% y un dólar sensible a cualquier sobresalto político o geopolítico. No es una contradicción menor. Es el corazón del problema cambiario.
Lo más delicado para Colombia no es que el Gobierno tenga una narrativa para defender su gestión de deuda. Todos los gobiernos la tienen. Lo delicado es que esa narrativa hoy choca con un mercado que está pidiendo premios más altos para financiar a la Nación y que vuelve a mirar al peso como una moneda que necesita demasiadas explicaciones para sostenerse.
En un entorno así, la discusión ideológica deja de ser un adorno retórico y se convierte en un problema práctico. Un Ejecutivo que privilegia expansiones fiscales, suspende anclas conocidas o minimiza el costo de sus señales termina descubriendo algo que el mercado repite con frialdad: la deuda no discute, la deuda cobra. Y cuando cobra más caro, la economía entera paga el ajuste, desde las tasas hasta la tasa de cambio.
La tesis para el peso colombiano sigue siendo defensiva. Mientras la colocación récord de TES conviva con rendimientos de estrés, y mientras el discurso oficial no logre cerrar la brecha con la lectura de los inversionistas, cualquier descenso del dólar se verá transitorio. El peso no está colapsando, pero tampoco está convenciendo. Y en mercados cambiarios, esa diferencia suele terminar favoreciendo al dólar.