El peso colombiano ganó aire después de la primera vuelta y el mercado celebró la posibilidad de un giro político menos hostil con la inversión. Pero una moneda no se sostiene solo con entusiasmo electoral. En los últimos tres días también aparecieron recordatorios más duros: la deuda fiscal sigue pesando, el Gobierno todavía vende avances como si fueran cierre definitivo y la mejora exportadora aún no alcanza para blindar la tasa de cambio.
Entre el 1 y el 3 de junio se mezclaron señales positivas para el mercado con hechos que invitan a una lectura menos ingenua. El peso mejoró rápido, sí, pero la pregunta seria es cuánto de ese alivio puede durar cuando la contabilidad pública y el frente externo siguen bajo examen.
Lo importante de esta semana no es negar que el mercado premió un resultado electoral. Lo hizo, y con fuerza. Lo importante es no confundir una reacción táctica con una reparación estructural. Colombia sigue necesitando algo más profundo que un respiro en pantalla: necesita una trayectoria fiscal que no dependa de anuncios celebratorios para convencer.
Los pagos al FMI y al FEPC son movimientos que alivian presión inmediata, pero también recuerdan cuánto costó llegar hasta aquí. La mejora de exportaciones suma divisas, pero no borra el hecho de que el país sigue bajo escrutinio por su capacidad de financiar gasto, sostener credibilidad y atravesar un calendario político cargado sin castigo cambiario.
La tesis para el dólar en Colombia hoy es menos dramática que hace unas semanas, pero no complaciente. Si la euforia electoral no se traduce en señales persistentes de orden fiscal y confianza inversionista, la tregua reciente del peso puede terminar siendo eso: una tregua, no una tendencia.