Colombia cerró la última semana con una señal incómoda para el peso: el crecimiento existe, pero no convence. El PIB del primer trimestre quedó corto frente a lo esperado, el impulso vino sobre todo del sector público y el dólar volvió a moverse por encima de los $3.800. En ese contexto, cualquier duda sobre la disciplina fiscal o sobre la autonomía técnica de BanRep pesa más de lo normal.
Entre el 15 y el 17 de mayo aparecieron datos y lecturas de mercado que no encajan con una historia de recuperación sólida. Más bien dibujan una economía que crece con apoyo estatal, un mercado cambiario más nervioso y una autoridad monetaria observada con lupa.
El problema de fondo no es que Colombia haya crecido 2,2%. El problema es que ese número llegó en un momento en el que el país necesitaba algo más convincente: una señal de inversión privada más firme, una mejora menos dependiente del gasto público y una narrativa fiscal capaz de bajar el nivel de sospecha en los mercados. Nada de eso ocurrió con claridad.
Por eso el rebote del dólar no luce accidental. Cuando la actividad decepciona en calidad, los TES se debilitan y reaparece la discusión sobre la autonomía del banco central, la demanda por cobertura en dólares aumenta de inmediato. No hace falta un colapso para que el tipo de cambio se mueva. Basta con que la confianza deje de mejorar.
La tesis para el peso, hoy, es incómoda pero simple: mientras el crecimiento siga viéndose más administrativo que productivo, y mientras la corrección fiscal y monetaria no gane credibilidad plena, el mercado seguirá tratando la zona de $3.800 no como una exageración, sino como un nivel perfectamente defendible.