El peso colombiano tuvo el respiro que no encontraba desde hace meses: la primera vuelta presidencial disparó una ola de compras sobre activos locales y tumbó al dólar por debajo de 3.600. Pero ese alivio nació de una lectura política, no de una reparación macroeconómica. Y cuando el entusiasmo depende de una segunda vuelta, el mercado sigue cobrando prima por la duda.
Entre el 31 de mayo y el 2 de junio el mercado colombiano mostró una reacción contundente: celebró la sorpresa electoral, redujo riesgo en pesos y premió la expectativa de un giro más amigable con la inversión. El problema es que una jornada de euforia no corrige por sí sola el frente fiscal ni borra la volatilidad de las tres semanas que faltan para el balotaje.
Lo ocurrido tras la primera vuelta no debe minimizarse. El mercado fue directo: premió la posibilidad de un giro menos hostil al capital, más cercano al ajuste fiscal y más dispuesto a defender sectores que hoy siguen siendo clave para la entrada de divisas. Esa lectura, por incómoda que resulte para la izquierda oficialista, es perfectamente visible en precios.
Pero sería un error confundir alivio con solución. Tres semanas de campaña pueden reabrir la volatilidad, sobre todo si reaparece el ruido institucional o si alguna candidatura vende gasto sin ancla creíble. El propio repunte del lunes dejó claro que el peso no estaba esperando un milagro productivo: estaba esperando una señal política menos amenazante para la inversión y la disciplina fiscal.
La tesis cambiaria, por ahora, es esta: el dólar puede seguir cediendo si el mercado percibe que el riesgo político se reduce y que el próximo gobierno no va a seguir estirando el gasto como si la confianza fuera infinita. Pero si ese alivio electoral no se convierte en un compromiso serio con las cuentas públicas y con la autonomía técnica de BanRep, la demanda por cobertura en dólares volverá más rápido de lo que duró la euforia.