El peso colombiano llega a esta semana con menos ruido inmediato, pero no con mejores fundamentos completos. En los últimos días aparecieron exportaciones más fuertes, un mercado laboral que todavía aguanta y el pago total de la deuda con el FMI tomada en pandemia. El problema es otro: buena parte de ese alivio descansa otra vez en el petróleo, mientras la inflación de mayo volvió a recordar que BanRep seguirá incómodo y que el dólar todavía tiene argumentos para rebotar.
Entre el 5 y el 8 de junio, Colombia recibió señales mixtas. Hay entradas de divisas y algo de oxígeno financiero, sí. Pero también persisten precios altos, una expectativa de tasas restrictivas por más tiempo y una dependencia excesiva de los ingresos que deja el crudo cuando el mercado global ayuda.
Lo más interesante de estos días es que el país sí mostró señales que, en otras circunstancias, alcanzarían para sostener una narrativa bastante más optimista. Exportaciones al alza, empleo resistente y un pago relevante al FMI no son detalles menores. Son datos que, vistos por separado, permiten pensar en una moneda con más respaldo.
Pero en Colombia el mercado cambiario ya aprendió a desconfiar de las mejoras demasiado concentradas. Si el flujo externo mejora porque el petróleo vuelve a empujar, pero la inflación permanece incómoda y la política fiscal no termina de convencer, el alivio para el peso luce más táctico que estructural. Sirve para contener, no para blindar.
La tesis para el dólar en Colombia, entonces, no es que el país esté al borde de una ruptura. Es que la calma actual depende de un soporte estrecho. Mientras el crudo cargue con demasiado peso en la historia positiva y BanRep siga viendo una inflación incompatible con relajación rápida, cualquier sobresalto político, fiscal o externo puede devolver demanda por cobertura y llevar otra vez al mercado a buscar refugio en el dólar.